Es el último gran movimiento en la industria referido a inteligencia artificial. Antiguos cerebros de OpenAI -la compañía de ChatGPT-, han decidido que el modelo actual necesita un giro radical.
Hablamos de Safe Superintelligence Inc. (y otros proyectos que orbitan alrededor de figuras como Ilya Sutskever -cofundador de OpenAI y principal científico- y otra decena de desertores de alto nivel), startups que están buscando levantar nada menos que mil millones de dólares.
Una cifra astronómica para cualquier mortal, pero que en Silicon Valley parece ser el “ticket de entrada” para desafiar el dominio de Sam Altman y Microsoft.
El divorcio de las ideas
¿Por qué alguien dejaría la empresa más exitosa del rubro para empezar de cero? La respuesta no es solo dinero; es filosofía.
Lo que se comenta en el sitio especializado The Information es que estos investigadores -que operan entre Palo Alto y Tel Aviv- buscan desarrollar un nuevo tipo de IA.
Si los modelos actuales (como GPT-4 o Claude) se basan en predecir la siguiente palabra en una frase, la nueva camada apunta a sistemas con una capacidad de razonamiento mucho más profunda.
Buscan una IA que no solo “responda”, sino que “piense” antes de hablar (System 2 thinking), reduciendo las famosas alucinaciones y aumentando la seguridad.
Es, en palabras simples, pasar de un loro muy inteligente a un colaborador con criterio.
¿Burbuja o nueva era?
Levantar mil millones de dólares sin tener un producto comercial masivo en la calle suena a locura.
Sin embargo, los inversionistas -incluyendo nombres pesados como Andreessen Horowitz y Sequoia- están apostando por el talento humano.
Saben que en esta carrera, quien logre la Superinteligencia Segura se quedará con el tablero completo.
Para el usuario común, esto puede parecer una pelea de titanes en las nubes, pero lo cierto es que estas inversiones dictarán cómo usaremos nuestros teléfonos y computadores en los próximos dos años.
Ya no se trata de tener un asistente que nos resuma un correo; se trata de motores capaces de resolver problemas científicos o gestionar infraestructuras complejas con una mínima intervención humana.
El factor humano

Lo que estamos viendo es una fuga de cerebros sin precedentes.
OpenAI pasó de ser un laboratorio sin fines de lucro a una corporación valorada en billones, y en ese camino, muchos de sus fundadores originales sintieron que el espíritu de “IA para el beneficio de la humanidad” se diluyó entre contratos comerciales.
Esta nueva startup no solo busca financiamiento para comprar tarjetas gráficas (las famosas GPUs de Nvidia que cuestan una fortuna), persigue la libertad creativa.
Es la clásica historia de David contra Goliat, solo que en esta versión, David tiene un presupuesto de mil millones y conoce perfectamente todos los secretos del gigante.
Habrá que ver si esta “nueva IA” es realmente el salto evolutivo que prometen o si estamos ante otro capítulo de promesas infladas por el capital de riesgo.
Por ahora, la billetera está abierta y el talento en movimiento.
